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Jaime Dávalos

Jaime Dávalos nació en San Lorenzo, pequeño paraíso serrano, a unos quince kilómetros de la capital de la provincia argentina de Salta, el 29 de Enero de 1921. Creció en la embriaguez de una naturaleza vivida entre cerros multicolores, y resultó un ser lleno de dichos y coplas, pleno de sabiduría de la tierra, vital y báquico: una personalidad singular en la canción argentina de proyección folklórica. Fue, verdaderamente, un adelantado, un precursor. Sus audacias, tienen cierto tinte nerudiano, pero están hondamente enraizadas en el solar salteño; a todos asombraron sus metáforas novedosas, y su tono, mezcla de lo más exigente y elaborado con lo coloquial y lugareño. Canta, por ejemplo, en El Paraná en una zamba, como si describiera una pintura de Dalí: “Brazo de la luna que bajo el sol/el cielo y el agua rejuntará...”
Jaime Dávalos agota, casi, los saberes y haceres del canto popular: es poeta, cantor, compositor, toca la guitarra, la caja, el charango y la armónica.
En Cachi, donde también vivió un tiempo, sentado junto a la gente de pueblo, hacía oír su armónica a toda la “coyadita” o junta de coyas; nunca le faltaba en el bolsillo.
En un tiempo se le dio por ser minero, según contó en el programa semanal de televisión que tenía en Canal 7 de Buenos Aires El patio de Jaime Davalos, a fines de la década del 60. Allí lo conocimos personalmente, invitados a cantar. Aún no habíamos incorporado sus temas a nuestro repertorio.
Una vida tan rica brinda, por supuesto, generosa materia para la canción. Esa experiencia nutre sus versos, ajustados a diferentes melodías (Canción del Jangadero, Zamba de La Candelaria, Vidala del nombrador, Tonada del viejo amor, Por la Huella del canto, Alborada del viento, Trago de sombra, Las Golondrinas, entre otras) o en sus libros: Rastro seco, Toro viene el río, El nombrador y Coplas y canciones.
Persiste en nuestra memoria su figura angustiosa expuesta en el escenario del Luna Park, cuando desde el movimiento DECUNA (Defensa de la Cultura Nativa) lo invitamos a participar en el Festival inaugural de protesta ante las prohibiciones y las amenazas a la cultura por parte de la dictadura militar.
Esa noche se quebró en un llanto interminable cuando recitaba su Canto a Sudamérica , por lo que sucedía en el país y porque algunos folkloristas, compañeros de toda la vida, habían invitado a varios militares genocidas, como Viola, Bussi y otros, ubicados en las primeras filas. A pesar de padecer una larga enfermedad, él quiso plasmar en cuerpo y alma su certera convicción frente al miedo y la traición de sus pares: “El hambre, la violencia, la injusticia, la voluntad del pueblo traicionada, no harán más que aumentar su rebeldía, no harán más que apurar en sus entrañas una revolución que viene a unirnos en una sola espiga esperanzada, porque América –tierra del futuro- igual que la mujer vence de echada”.

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