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En busca de... Ariel Gravano, antropólogo y músico

Suplemento La Palabra, La Opinión, Rafaela, Santa Fe, Argentina

2006/10/17, 17 de octubre de 2006


Investigación y música: dos vertientes para explorar

Con su mirada de juventud urbana fue descubriendo a su país y se acercó a la música popular, y en medio de ese perfil identitario se fue hermanado con otras épocas, otras músicas y se abocó a la labor investigativa antropológica y a focalizar su estudio en lo urbano y en las organizaciones. Pero la música nunca dejó de ocupar un espacio privilegiado en su vida. Es integrante del "Quinteto tiempo", grupo vocal de significa trayectoria, permanencia y exquisita labor musical. La Palabra conversó con él.

LP - ¿Qué hace un antropólogo en la Argentina?
A.G. - En mi caso me ocupo de lo urbano y de las organizaciones. Como investigador del CONICET, facilito el proceso participativo del Plan Urbano Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires, y como consultor organizacional estoy en estos momentos trabajando en el Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Por supuesto, dirijo tesis, doy clases, sobre todo un curso de post-grado en Cultura Organizacional.

LP - ¿Qué abarca la Antropología?
A.G. - Los antropólogos clásicamente se han ocupado de "los otros", es decir de las culturas distintas a la de un centro, que en principio fue el centro hegemónico del mundo colonial europeo del siglo XIX. Ahí es cuando se constituyen las ciencias sociales y, dentro de ellas, una que se ocupa de "los otros", los africanos, los asiáticos, los americanos... que sufrieron transformaciones propias por el colonialismo pero que a su vez hicieron que el centro ese también se modificara. El proceso de descolonización, que surgió luego de las luchas por la liberación nacional de esos mismos pueblos, implicó que se constituyera un objeto de estudio, en el que la "otredad cultural" aparece como una necesidad de profundizar la mirada tanto de los "unos" como de los "otros". Esta otredad implica pensarse desde la pregunta por la diversidad de culturas o por la existencia de un solo parámetro de valores. Pensar, por ejemplo, que hay muchas racionalidades, hay muchas formas de ver el mundo y de vivirlo. Esto que podría implicar un relativismo extremo en el que todo vale, también puede ayudar a reivindicar valores universales como la fraternidad, la igualdad, la solidaridad entre los pueblos. Así, la Modernidad puede dejar de ser un solo "modo" de hacer o ver las cosas.

LP - Una forma de relativizar, de tomar distancias...
A.G. - Exacto, pero sin renunciar a los valores propios. Porque si alguien viene y me dice que vale que yo no exista más, seguramente me voy a rebelar contra ello. Es decir que es una dialéctica entre el relativismo y el centrismo. Entonces los antropólogos se han ocupado de eso y hoy en día, aún problematizando esa mirada clásica, pueden contribuir -como todas las ciencias- a transformar o mejorar el mundo en que vivimos.

LP - ¿Cómo es eso de la antropología clásica? ¿Hoy hay otra antropología?
A.G. - Es la que se ha ocupado clásicamente de los pueblos "distintos" de los sistemas hegemónicos, por ejemplo, en nuestro continente, los "pueblos originarios". Al principio, esa mirada hegemónica los consideraba como "cosas", sólo para mostrar en los viejos museos. Hoy, los colegas más lúcidos -en mi opinión-, hermanándose con esos intereses y defensa de los derechos de esos pueblos, estudian en profundidad las relaciones entre estos pueblos y los otros pueblos, o el conjunto de la sociedad, y no ya como entes aislados como hacía la primera antropología. Lo mismo hacen otras especializaciones de antropólogos ocupados por relaciones de salud-enfermedad, problemáticas rurales, de género, toda la gama de problemas que hoy pueden preocupar a las sociedades. La diferencia con la mirada clásica es ideológica y hay un debate epistemológico de fondo.

LP - Teniendo en cuenta todos los campos de acción de la antropología, ¿cuál creés que es la más desarrollada?
A.G. - Y depende de las tradiciones teórico-metodológicas, en la antropología argentina ha tenido mucha importancia la arqueología, que es una mirada acerca de los otros pero más vinculada con las culturas extinguidas. En realidad, la imagen que más se tiene del antropólogo es la del que estudia los huesos o los fósiles, o los cacharros o los restos culturales. Pero -como dije- el campo es vastísimo. Y como toda ciencia, también la Antropología ha tenido que librar batallas, por ejemplo como la que hoy se libra contra el oscurantismo anti-evolucionista del amo Bush, que pretende que en las escuelas se dicten el mismo número de clases para dar la teoría creacionista de la humanidad que la evolucionista científica. En Argentina, la antropología social pretendió ser erradicada durante la última dictadura. Luego de las grandes luchas de nuestro pueblo, la antropología social ha empezado a tener un desarrollo -en los veinte o treinta últimos años- que ya casi no tiene límites en cuanto a los campos sobre los que puede ocuparse. En los últimos congresos la cantidad de trabajos y la diversidad ha sido enorme. Y hoy crece el número de interesados que se acercan a la antropología porque ésta le brinda insumos para desarrollar o enriquecer miradas propias o de otras disciplinas, de hecho yo trabajo con y para arquitectos, ingenieros, técnicos, planificadores. Hay una especie de valoración por esta "mirada antropológica", sobre la otredad cultural.

LP - En tu caso ¿fue primero la música o la antropología?
A.G. - Tengo que hacer memoria... Creo que fue en paralelo, una inclinación por la cultura, como pasa con muchos jóvenes cuando se quiere expresar algo en términos de poesía, de música, a partir de ahí un interés por descubrir que uno vive no sólo en un ámbito determinado, en mi caso la región metropolitana de Buenos Aires, y descubrir el país "interior" como llamaron algunos a esta Argentina que no se reducía en ese momento a los límites de la General Paz. En un momento en la década del '60, cuando la juventud urbana "descubre" su propio país, que iba más allá de las calles de las grandes ciudades, uno aprendió a cantar con los "Fronte", con los "Chalcha", los "Huanca", los "Trova", y no sabía casi cómo, pero se ponía a entonar estrofas de Manuel J. Castilla, de Jaime Dávalos, una melodía de Eduardo Falú, de Ariel Ramírez, del Cuchi Leguizamón o de Atahualpa. Y así, como todo impulso juvenil construye una identidad, que pasa a formar parte de "mi" época, uno desde esa época aprende a hermanarse con otras épocas, con la de los padres, o de los abuelos, de la canzoneta napolitana o la música clásica, o el tango y la milonga que nutría los adoquines de mi Avellaneda natal.

LP - Entonces primero fue la música...
A.G. - Fue el boom de la música popular de ese origen, como parte de un movimiento latinoamericano e internacional, de grandes luchas populares acompañadas de canciones, cuando empezamos a pensar y entonar melodías con poemas de altísimo nivel estético y luego nos fuimos enterando que tenían vasos comunicantes con otros movimientos. Y lo principal es que uno aprende a tomar partido, no a ver todo en términos de moda, sino a tomar partido por aquello que se produce con sensibilidad y así se construye el gusto y las ganas de indagar, de investigar. Se produce entonces la inclinación antropológica, el interés porque esas "otredades" puedan ser analizadas.

LP - ¿Hay una afinidad expresa entre la antropología y lo popular?
A.G. - La mirada hacia la otredad de los pueblos considerados exóticos por el mundo hegemónico colonial del siglo XIX se proyecta luego hacia su ombligo, hacia su interior, cuando aparecen esos otros dentro de esa sociedad. Entonces se "inventa" que eso es lo popular. No es que no existía, sino que se toma conciencia de que esos otros que habían nutrido las fábricas de la Segunda Revolución Industrial, que habían provenido del campo, es decir de la otredad dentro de esas sociedades nacionales, constituían algo que aparece como "atrasado", como "superviviente" dentro del mundo moderno. Eso dice la mirada dominante desde Europa, que se trasladó luego a nuestro país, en el que algunos siguen con esos esquemas ideológicos, concibiendo el desarrollo social o cultural como si fuera algo vegetal y no producto de contradicciones históricas. Entonces lo popular adquiere tanta importancia que hasta se le asigna incluso una disciplina que lo va a estudiar. Eso va a ser el Folklore, como ciencia, que también sirvió para mencionar al objeto que estudiaba. Lo paradójico es que tuviera que crearse una disciplina que se ocupara de visualizar lo que en realidad debía ser más visible, porque era la vida de los sectores mayoritarios de la sociedad. Y la antropología es la que formaliza esta mirada de lo popular como una otredad interior. En nuestro país, lo popular folklórico, salvo desde visiones como la del santafesino Luis Gudiño Kramer o el santiagueño Bernardo Canal-Feijoó, fue mayormente considerado como algo pintoresco, desde una manera romántica y ahistórica, que redujo los estudios a las tradiciones y no a las transformaciones. Es más: las tradiciones son "invenciones" permanentes, es decir se inventa que eso es lo que hay que mantener y eso es lo que hay que trasladar de generación en generación.

LP - ¿Qué rumbo toma esto en la sociedad argentina hoy?
A.G. - Yo creo que un encuentro entre lo popular y lo transformador es, a nivel de la construcción de conocimiento científico o académico, una cuenta pendiente en nuestro país. Cuando uno abre cualquier suplemento cultural de cualquier diario de Buenos Aires, es muy difícil que aparezcan los sectores populares con otra imagen que la del "rescate". Hoy en día se sigue hablando de rescate, cuando en realidad hay rescate cuando un barco se está hundiendo... Tanto en Buenos Aires como en las provincias, cuando se intenta rescatar es porque se parte del hundimiento o la desaparición como parámetro. Y hay que tener cierto cuidado, quizá lo que hay que corregir es la mirada, porque los "rescatables" están ahí, si son la mayoría. Hay que limpiar el anteojo quizá... el de uno. La cultura popular es dinámica, está en permanente renovación y en permanente asombro, comprensión, y contradicción con la hegemónica y hasta consigo misma, pero sobre todo está viva, aunque la traten de acallar o de no verla, como ha pasado en muchas épocas de nuestra historia. Eso es lo que me llevó a titular uno de mis trabajos "el silencio y la porfía", porque esa es la dialéctica en la que vivimos, culturalmente hablando. La verdad creo que está en la tensión entre el rescate necesario, pero con una toma de partido permanente y no rescatando o aceptando cualquier cosa. La verdad es una construcción permanente. Y la única clave es la lucha, nada se ha logrado quedándose a la espera. El papel del Estado también es parte de esta lucha, porque si uno no fortalece el papel del instrumento público, se hace algo desigual, por ello la importancia del Estado, a quien también se ha estigmatizado en términos de convertirlo en mala palabra. Eso es totalmente cambiable y eso debe cambiar.

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